‘JUGUEMOS A IMAGINAR’

Relato


Era una noche calurosa, de esas en la que los grillos atraen alegremente a las hembras con su hermoso canto y al igual que otras muchas, el abuelo estaba sentado en la puerta de nuestra casa. Miraba una de las estrellas que se veía a lo lejos. Yo me acerqué a su lado. El abuelo me acarició mi delicada tez sin dejar de mirar aquella estrella. Apoyé mi cabeza sobre su pecho mientras miraba atentamente a Polaris, la estrella favorita del abuelo. Me senté en mi silla dispuesto a escuchar una de esas historias tan apasionantes que el contaba.

-Abuelo, cuéntame aquella historia de cuando tú eras joven. ¿Es verdad que fuiste astronauta?

-Si hijo, fui astronauta y recorrí gran parte de la galaxia.

-¿Dónde fuiste? ¿Cómo era todo aquello? ¿Qué experiencias tuviste?

-Calma, calma, ya te lo contaré, pero más despacio, que tengo que recordarlo poco a poco, déjame que piense.

-Bueno pero cuéntamelo todo.

-Todo no sé si voy a poder recordarlo, porque vi tantas cosas que con mi edad es difícil recordarlo… A ver por donde empiezo…Lo primero que tienes que hacer es lo que hacemos otras veces, imaginemos que nosotros vivimos en otro planeta.

-Ya está, cierra los ojos.

-Hace muchos años, cuando yo era joven, el gobierno decidió explorar algunos planetas para estudiar la forma y el movimiento de los astros. Para ello, escogió y seleccionó a diversas personas muy cualificadas, con altos niveles de rendimiento. Antes de esta fase, hubo una preselección, donde unos equipos de exploración nos hicieron unas complejas pruebas para verificar que estábamos en perfectas condiciones. Lo primero que hicimos fue dividirnos en grupos de tres, estudiar los distintos tipos astros, planetas… y equiparnos con el suficiente material para poder sobrevivir y realizar exploraciones. Mi grupo era el tercero. El primer lugar que se nos había asignado, era la Luna. De esta solo sabíamos algunos rasgos, pues la tecnología no era muy avanzada. Las naves que utilizamos nos proporcionaban mucha estabilidad y seguridad, la nuestra se llamaba “TN136” y era una de las más complejas que había. Además con estas podíamos avanzar a gran velocidad y estar mucho tiempo inmóviles en el espacio. Esto era una de las cosas que más me gustaban. Previamente a que llegase el gran momento de partir, los mismos equipos de exploración que nos habían hecho las pruebas, hicieron una última revisión a todo. El día 23 de Febrero de 1996 a las ocho y cuarto de la mañana las naves ya estaban listas para emprender rumbo a la Luna. Entramos por una puerta silenciosamente, mientras que el comandante iba nombrándonos. Nos abrochamos los cinturones de seguridad que ceñían un poco y por fin empezamos el viaje. Al ascender, los oídos me molestaban demasiado, debido a la presión atmosférica. Me quedé perplejo al ver la enorme cantidad de aparatos y ordenadores que había. El capitán ya nos había advertido que tardaríamos aproximadamente un año, un mes y dos semanas en llegar, si no recuerdo mal. El trayecto me resultó ameno pero muy agotador. Para recuperar fuerzas ingeríamos todo tipo de alimentos con vitaminas y proteínas que estaban repugnantes porque casi no tenían sabor. Las habitaciones eran pequeñas y con muy poco espacio de movilidad, los baños reducidos pero muy cómodos, la cabina con numerosos botones y ordenadores y la cubierta con amplios espacios y muy bien distribuida. Los días en la nave se pasaban jugando al póker magnético, charlando o estudiando. El tiempo pasaba y pasaba y parecía que esto iba a ser interminable, hasta que un día sin darnos cuenta vimos que solo faltaba un día. Toda la tripulación estaba conmovida. El ayudante nos explicó lo que haríamos mañana. Sin más preámbulos interrumpí al abuelo y le pregunté:

-Abuelo ¿Pasaste tu cumpleaños ahí dentro?

-Sí, hijo, si… y todos mis compañeros también, eso es una de las peores cosas que hay, además de no poder oír tu voz.

-Oh, que tierno eres, tu siempre tan cariñoso.

-Y tú siempre tan perspicaz. Los dos soltamos una enorme carcajada.

-Pi, pi, pi, pi…El despertador sonó, eran las siete y veintidós de la mañana. Estaba agotadísimo, pero no era momento de estar en estas condiciones, finalmente había llegado el gran día. La mayoría del grupo se levantó sobresaltado al oír el dichoso ruido. Después de almorzar, el capitán nos dijo que cogiéramos las mochilas ya preparadas anteriormente por su ayudante, y que ya era la hora de empezar. La nave se detuvo durante unos segundos y por fin aterrizamos. El traje pesaba en abundancia y los movimientos eran restringidos. Puse mis pies en la luna, que inquietud, mi corazón latía cada vez más fuerte y mis piernas estaban a punto de empezar a estremecer. Con las mochilas ubicadas en nuestra espalda y con todos nuestros compañeros preparados, iniciamos nuestra búsqueda. A primera vista ese lugar parecía inhóspito, pues no había nada, ni nadie, parecía como si el tiempo de repente lo hubiese borrado todo. Lo único que percibía era nuestras huellas, dejadas al ejecutar esos pasos tan lentos. Anduvimos y anduvimos, examinamos y examinamos, pero nada, ese sitio estaba inhabitado. Encontré una diminuta piedra de color verde enterrada bajo el suelo, que coloqué en mi bolsillo. Al cabo de unas dos horas y media más o menos, nos dijeron por el altavoz incorporado en el casco, que debíamos volver a “TN136”. Este proceso de búsqueda y captura lo realizamos durante una semana. Terminada esta, nos reunimos en torno a un gigantesco ordenador que analizaba y clasificaba los distintos restos encontrados. Solo yo, había recogido esa peculiar piedra. El capitán y su ayudante se reunieron en la cabina para estudiar más a fondo esa piedra tan extraña. Al cabo de unas horas nos comunicaron que había sido imposible el reconocimiento y que daban por fracasado y concluido el viaje. Al oír esto, todo el personal que viajaba se decepcionó mucho.

La mayoría de la tripulación degustó una deleitable cena. Pasado el tiempo nos acostamos en nuestro correspondiente sitio, terminando así un largo día de frustración. El comandante con una aguda y delgada bocina despertó a todo el personal. Era hora de volver a casa y para ello todavía nos faltaba el viaje de regreso. A través del micrófono de mi casco el capitán me ordenó que fuera a la cabina de mandos inmediatamente para hablar con él. Sin más previo aviso, me dirigí de inmediato allí.

Gracias, pero tú ayuda no nos ha servido de mucho, pues no ha habido éxito, de nuevo gracias por trabajar con nosotros, me dijo el capitán. En ese momento me devolvió la piedra. Decidí guardármela en el bolsillo, sería un gran recuerdo.

A partir de ese momento mis ojos se cerraron débilmente y mi cabeza quedó apoyada en su brazo. El abuelo, paró de contarme esa interesante historia, me cogió en sus frágiles brazos y me subió a mi habitación. Me dijo:

-No pasa nada hijo, ya te seguiré contando otro día, ahora duerme y descansa.

Me levanté sobresaltado al oír la cantidad de gritos que se escuchaban en el piso de abajo. Me calcé mis suaves zapatillas de alpargata y bajé para inspeccionar lo que pasaba. El abuelo, discutiendo por teléfono estaba dando unas voces de escándalo. Acudí a la cocina para desayunar. Iba a dar mi último mordisco a mi tostada de melocotón cuando el abuelo dio un fuerte golpe al teléfono para colgar. ¡Qué mosqueado estaba! Le pregunté que qué había pasado, y él con una voz estremecedora me dijo:

– Desgraciadamente el parque de pesca ha cerrado para siempre, ahora ya nadie podrá volver a capturar peces en esa zona.

A menudo a mi abuelo y a mí nos gustaba mucho ir de pesca juntos, sobre todo los domingos después de misa, en un claro, donde siempre se veía una preciosa solana.

-¿Por qué?- le cuestioné

– Esta mañana la tía Eloína me ha contado que los propietarios del parque habían visto que todas las hectáreas con agua estaban infectadas por toneladas y toneladas de escombros.

Me quedé estupefacto.

– Jope abuelo, con lo que a nosotros nos gustaba. Pero… ¿Cómo ha ocurrido?

– Todavía no se sabe con total seguridad, pero la policía cree que el viernes por la noche sobre las cuatro de la madrugada un grupo de extranjeros entraron.

-Gracias abuelo, mantenme informado si se sabe algo más.

– Vale, pero sube arriba y vístete ya, que la misa va a empezar dentro de poco.

Vertiginosamente llegué hasta mi habitación y abrí la ventana donde de repente un enorme sol brillaba, se notaba que era primavera. Acomodé mi camisa de rombos y mis pantalones piratas, me lavé con vigor mis dientes y me aseé mi rostro. Al cabo de unos minutos fui a buscar al abuelo. Estaba mirándose en el espejo y colocándose la pajarita que le había regalado mi madre por navidad.

-Ya estoy preparado para marchar-dije

– Espera un segundo que solo me falta abrocharme los mocasines.

– Vale, abuelo te espero en el jardín.

Me dirigí con gran entusiasmo a la entrada para recoger el periódico. Encontré a mi vecino Eustaquio regando unas hiedras y jazmines. Él me lanzó un cordial saludo y yo se lo devolví. Justo en este instante el abuelo salía con un elegante traje por la puerta, le di el periódico y nos fuimos hacia la iglesia. Allí había cientos de personas con vestidos alegres de entretiempo. Nos sentamos cerca del altar, donde había distintos tipos de flores. Estando todos acomodados en nuestros respectivos lugares, la misa se inició. Al finalizar, el párroco recito un discurso sobre los niños del tercer mundo que me interesó bastante.

Al volver a casa vi que el abuelo había preparado previamente cochinillo asado. Más tarde me dirigí hacía el jardín trasero. Las frambuesas, los arándanos y los melocotones estaban muy crecidos desde el último vistazo que les había echado. De repente una hermosa mariposa se posó en el melocotonero y abrió sus coloridas alas. Decidí cazarla, pues amaba los bichos desde pequeño y siempre me había gustado tener animales. Para ello cogí del garaje mi red y me dispuse a capturarla. La metí en un tarro para examinarla y al momento me di cuenta de que era una mariposa monarca. No la quería, pues ya tenía alguna de ellas en el comedor. Fui a contar al abuelo lo que había hecho. Él estaba ojeando el tiempo en el periódico con sus enormes gafas que parecían de bucear.

-¿Sabes que he visto otra mariposa monarca en el jardín?

– Es que hay muchísimas por todas partes y además en esta época…

Estaba aburrido, los deberes de clase estaban hechos y casi todos mis amigos se habían ido al camping con sus padres. Decidí subir a mi cuarto a dibujar algo. Coloqué el lápiz y la goma al lado de mi cuaderno de dibujo e inicié mi ilustración. Haría al abuelo sujetando en su mano a una rana. Unas arruguitas por aquí, unas sombras por allá y … ¡ya estaba! Terminé mi obra de arte, solo faltaba poner una dedicatoria para el abuelo.

– ¡Oh, ¡qué bien retratado estoy y que linda dedicatoria! Muchas gracias.

Una enérgica sonrisa relució sombre mi cara, le dije que iría a colocarlo en la puerta de la nevera.

Marché por la puerta de casa sin avisar. Qué vacíos y silenciosos estaban los paseos. Hacia las cuatro y media, un grupo de mujeres vestidas elegantemente andaban por la calle Arribeños. Tuve una idea, apresuré mi paso, acudiendo a la zona de pesca de la que me había hablado el abuelo. Por fin llegué y vi que todo estaba repleto de vallas y cuerdas de seguridad. Me acerqué varios metros más para inspeccionar aquello. Un olor repulsivo invadió mi nariz, eso era insoportable. Retrocedí y me topé con un individuo. Su faz estaba envejecida y su vestimenta era simple, una larga túnica grisácea a juego con unos zapatos. Para mí era un desconocido así que no le dirigí la palabra. Después de inspeccionar aquel lugar volví a casa.

El abuelo con cara de impaciente estaba sentado en las escaleras de la entrada tomándose unas ciruelas. Entre el paseo y la charla con el abuelo se había hecho de noche. La hora de cenar estaba próxima. Antes de mi lluvia de agua decidí conectarme a la red social para despejarme un poco y actualizarme. ¡632.560 usuarios conectados, madre mía! Había empezado una relación virtual, pero no tenía demasiada importancia. Cerca de 3 meses había estado saliendo con una vulgar chica llamada Carolina. Lo mantenía en secreto pues mi abuelo era muy cotorro y todo lo que yo le decía se lo contaba a sus amiguetes del bingo.

Cuando las diez de la noche llegaron, el abuelo empezó a dar voces llamándome continuamente. Con el pelo todavía algo húmedo descendí hasta el piso de abajo. ¡Qué bien olía!

-Pero ¿cuánto tiempo has tardado? La lubina se te está quedando fría.

-Ya lo sé…

El abuelo con cara vacilona me hizo un gesto para que me sentara y empezara a zampar. La lubina tenía un sabor bastante suave y apetecible. Mi tripa estaba al completo y al terminar, el abuelo me dijo repetidas veces que si no quería más, que había comido poco. Yo, con cara de asombro le contesté que con el primer plato había sido más que suficiente.

Anteriormente el abuelo ya me había dicho que hoy también me relataría la continuación de la historia de ayer, pero que hoy no me durmiera. ¡Qué bien! – pensé. Adoraba esas noches. Después de unos quince minutos, el abuelo ya estaba terminando de recoger la cocinar y me dijo que le esperara. Me senté en un taburete, a la espera de una gran noche.

Numerosas estrellas relucían en el cielo, especialmente una. El abuelo miraba a una de ellas, acariciando mi cara. Apoyé mi cabeza sobre su pecho mientras miraba atentamente a Polaris, la estrella favorita del abuelo. Como de costumbre, cerré mis ojos, una vez más, esperando a que su voz comenzara a cautelar mis oídos, esperando a que un mundo de imaginación ocupara mi mente.

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©Adrián de la Fuente Ballesteros.

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