‘SILUETAS’

‘SILUETAS’

Muchas veces los relatos guardan consigo un mensaje oculto que hay que descifrar ¿Te atreves?


Era primavera, como un regalo inesperado, como las cosquillas en la espalda después de una noche de alboroto, como despertarse cada mañana con las sábanas en el suelo y el flequillo despeinado, como los abrazos que te dejan sin respiración. Aún no lo entiendo pero poseía el don de transformar los lunes en sábados a las once de la noche, las lágrimas en risas, los segundos en horas. Aún recuerdo ese momento, cuando me acerqué tímidamente y saludé, iba perdiendo el norte, dejándose la vida. Su vestido de encaje color blanco deslumbraba el propio reflejo de la Luna en el mar y se fundía con sus pupilas. Sus cabos de oro fino bañados en soplos de aire caliente ocultaban su tez morena y sus piernas esbeltas…pronto me darían la bienvenida.

Anduvimos hasta llegar a lo alto del encinar donde ya no había gente ni claridad. Allí donde el silencio gana la batalla al bullicio, donde el único sonido era el latir de su corazón. Detuvimos la marcha y entramos en aquella caseta donde solíamos veranear.  Antes di una última calada al cigarro.

Una vez descalzos entramos a la habitación, tomé un cojín y de improvisto lo lancé haciendo que ella se precipitara sobre él y lo golpeara con la almohada mientras un arco se dibujaba en su sonrisa, pero no era eso lo que quería.

Nuestros rostros separados por apenas varios centímetros reflejaban emoción. Nos miramos fijamente clavando las pupilas, permaneciendo inmóviles, como estatuas en el tiempo. En ese momento las palabras habían desaparecido, como los versos y las estrofas, como el ruido y el viento. Sin darnos cuenta olvidamos la nostalgia de la piel desnuda y entrecruzamos las manos, fusionando los dedos, dejando huellas clavadas en el polvo, en la arena y en el recuerdo. Entre nosotros miles de sentimientos, pero nadie dijo nada, preferimos ahogarnos en el silencio. Su nariz rozó mi cuello y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Entonces me tumbé a su lado, muy cerca, por miedo a desviarme del rumbo, por miedo a desorientarme, solo por miedo.  Ella se arrodilló y su atuendo entallado quedó pronto tirado en suelo. Rápidamente alzó sus piernas y las abrió mientras yo jugaba con sus glúteos aún algo fríos. Aceleré el ritmo, pero no había forma, entonces la azoté y ella gimió ferozmente girando su cabeza. Comenzó a masturbarse mientras un torrente de cerveza dejaba caer por sus senos. Lamí cada gota que escurría por todo su cuerpo y empotré sus pechos contra el cristal que recubría la cómoda. Respira, la dije.

Y cuando me dices ven y voy, me aproximo a ti, me detengo ante ti. De repente te das media vuelta y mis palmas empiezan a atravesar tu columna como un relámpago las nubes a su paso. Al llegar a tus pechos me detengo y los admiro, lentamente desciendo sobre tu cuerpo inquieto y fundo mis dedos en tus ellos y mis labios en tu boca empapada de gemidos. De repente callas y tu lengua impaciente empieza a jugar con la mía penetrando cada vez más y más hondo. Surco tus caderas y mientras el sudor cae tú te enredas en mí erizándome la piel.

¿Y cuando tus descomunales pechos se sacudirán al compás de mis caderas y mis yemas empezarán a tocar acordes en tu interior? Estoy preparada, susurras.

Así pasamos toda la noche hasta que fue tan fuerte el último grito que tuve que trepar de nuevo para callar tus gemidos y convertirlos en deseos. Entonces comenzó a llover sobre nuestros cuerpos, primero tú y después yo, como miles de fuegos artificiales estallando al mismo compás. Unos minutos más tarde nuestros torsos aún yacían algo húmedos, pero no les dimos importancia.

La observé de arriba abajo, deambulando lentamente por sus piernas desnudas, por su cintura y por su cuello hasta que de nuevo nuestras miradas se cruzaron. Ella rió irónicamente disimulando un halago entredicho y suspiró, recordando que ahora las cosas eran diferentes.

Como si de un escritor se tratara, ella puso punto y final sin embargo, yo la sujeté la mano, algo temblorosa y añadí dos más, grabando con tinta en papel la historia que juntos habíamos creado. Entonces pronuncié que un sueño podía cumplirse dos veces y la miré y me miró, nuestras sonrisas se fusionaron en el sabor de un beso, y el beso en caricias, en placer y de nuevo otro beso fulminante quemó mis labios y su aliento. Cerramos los ojos con la esperanza de que nada cambiara o de que fuera la sociedad quien lo hiciera. Una brisa de aire caliente y el tic tac de su corazón fueron las mejores pastillas para dormir.

Ya no hacían falta etiquetas para reflejar lo que sentíamos la una por la otra, ni roles, ni sexos, ni géneros, solamente éramos meras siluetas comiéndonos a besos.

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Foto tomada de Pinterest

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